El día siete de enero leía que nueve entidades animalistas han creado un frente común para acabar con los corrillos en Cataluña para, según dicen, el maltrato que sufren y la crueldad a la que están expuestos estos animales. Que además estas «torturas» se llevan a cabo de forma subvencionada por la administración catalana.

Más allá de entrar a valorar los límites de la utilización de animales (los humanos somos pastores y agricultores y este hecho ha sido determinante para poder fundamentar las bases de nuestra civilización), podemos poner datos: en el caso de los toros bravos en Cataluña estamos hablando de animales que actúan como máximo unas diez veces al año, a razón de quince minutos por actuación,  es decir, dos horas y media al año. En Terres de l’Ebre conviven en régimen de semi libertad unas 1.200 cabezas desde hace al menos trescientos años documentados, estas 1.200 cabezas pastan en sistema extensivo 4.000 hectáreas aproximadamente en una Reserva de la Biosfera con dos parques naturales dentro. Esto se debe a que sus ganaderos se ganan la vida realizando una actividad económica bien regulada desde hace años, los corrillos. Pero, ¿qué especies tenemos en Cataluña en régimen extensivo? De la vaca de L’Hostoles quedan unas 300 cabezas y de vaca no llegamos a las 100 cabezas. Lo mismo ocurre con la cabra blanca de Solivella por poner algunos ejemplos.

Además se acusa a la administración de subvencionar el maltrato animal cuando lo que hacen los ayuntamientos y las entidades que contratan corrillos se pagar por un servicio, exactamente igual que hacen con las orquestas, la recogida de basuras y otros servicios.

Más datos: entre Aragón, Valencia y Camarga, los tres territorios más cerca de Cataluña, suman 36.000 cabezas de bravo y 20.000 espectáculos entre los que hay corrida, toros embolados, encerrados, encierros, tardes de vacas, concursos de anillas, carrera camarguesa o recorte artístico.

Atacar la fiesta de los toros en Cataluña es, en primer lugar, muy rentable económicamente para los líderes del movimiento ya que todo lo que hacen aquí se magnifica y, en segundo lugar, interesa a una parte de la sociedad catalana que ve, por error, un símbolo nacional mientras las razas autóctonas van desapareciendo por falta de sostenibilidad.

Incluso hoy leía en un artículo pro animalista que en una encuesta ha arrasado por un 90% el prohibir los corrillos en Cataluña y no sólo eso sino qué, tirando de tópicos absurdos, los datos decían que los que habían votado en contra de prohibirlos habían sido gente de más de sesenta años, que eran todos votantes de Vox,  Pp y C’s. Si estos números fueran reales, el día quince de enero Barcelona hubiera vivido un acto multitudinario de presentación de la entidad suficientes toros y no hubieran habido siquiera 80 o 90 personas. Supongo que este juego va con la idiosincrasia del país, o con la necesidad de los medios de comunicación de vender titulares pero, que un movimiento sin representación parlamentaria ni aquí ni en Europa se vea en fuerza por querer imponer una forma de entender la vida por encima de otra es un mal indicador.

Que no os engañen, hablar de toros es hablar de libertad, en Francia lo entienden y lo respetan. Hablar de toros es hablar de ecología, de ecosistema, de economía en zonas rurales, de frenar el despoblamiento. Hablar de toros es hablar de identidad catalana y estadounidense. Somos gente con coraje, amor por el territorio y joya en el corazón y lucharemos por defender esta forma de vida, la de los pueblos que hemos sabido resistir los treinta años de despropósitos contra el toro en Cataluña por la banderita que lleva detrás. Queremos poder educar a nuestros hijos en los valores humanistas que el mundo del toro representa.

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