Hay muchos tipos de abuso, muchas formas, muchos matices, conceptos, situaciones, realidades y actores. Lo que todo el mundo identifica en un abuso es, por un lado el que lo recibe, es decir, de quién o de qué se abusa ya que puede ser un individuo, animal o persona, un territorio, un colectivo, un país, una nación etc…; y por otro lado, quien abusa, es decir, el más fuerte, lo que puede, lo que quiere hacerlo, de forma consciente o inconsciente y actúa en perjuicio del débil.
Lo vemos diariamente en nuestra sociedad y de formas muy diferentes: de padres a hijos, de hijos a padres, entre parejas, entre ex parejas, también al conflicto palestino, al conflicto Ucraniano, incluso en casa lo hemos visto con el 1 de octubre, el abuso de autoridad y de poder. Al final lo que está claro es que quien ataca lo hace porque se sabe ganador y quien recibe sufre las consecuencias. También es un caso recurrente ver como alguien de quien han abusado, al parecer más fuerte que un tercero puede, perfectamente, convertirse en abusador.
Es importante en estos casos la perspectiva y el contexto. En este sentido, sirve lo que se dijo ayer en el congreso de los 120 años del nacimiento de Arbó, a una comunicación para ver el recorrido de la gente del Delta desde el s. XIX. «En el Delta por ejemplo, a raíz de la segunda desamortización de la iglesia, entre la segunda y la tercera guerra carlista y, gracias al proyecto de canalización de las dos márgenes, la derecha y la izquierda, hacia 1856 apareció el latifundismo. Así, el Delta lo compraron grandes terratenientes que, entre otras cosas, implantó una época de prohibiciones, como por ejemplo cazar y pescar en las balsas y por lo tanto relegaron a una sociedad acostumbrada a no tener dinero pero tampoco pasar ganas, a la miseria, con la única opción de trabajar para ellos.»
Durante aquellos años de penuria, de cambio y de abuso, los nativos del Delta trabajaban desermando zonas de humedal, bajando piedra de La Sénia y el Mas de Roses, trabajando de sol a sol para tapar los colmillos que los toros bravos del valle del Ebro dejaban al descubierto tras pasto el terreno estacionalmente. En estos trabajos los caballos también eran una herramienta indispensable ya que abrían los desagües y acequias para regar. Únicamente paraban una semana al año donde juntaban carros y carretas y se pasaban la semana toreando bueyes, bebiendo, cantando y comiendo, a una plaza improvisada en cualquier lugar de la ribera y también encajaban un toro y lo hacían correr para después matarlo y comérselo entre todos.
Desde los años veinte del siglo pasado y, una vez que el Delta estuvo desermado, las tres ganaderías de bravo que sobrevivieron a la guerra, la de Tarranda, la del Xarnego y la de Margalef, salvaguardaron espacios específicos favoreciendo la biodiversidad hasta la implantación del parque natural del Delta del Ebro en 1983, que este año cumple 40 años de historia. Espacios como la balsa de L’Encanyissada, La Tancada, El Groguet, Les Olles o la propia isla de Buda. Espacios que, de no ser por estos rebaños de pasto en extensivo, hubieran pasado a formar parte del monocultivo del arroz, con todo lo que ello implica.
Durante este último período, los nativos estadounidenses fueron recomprando su tierra a los terratenientes y comenzaron a llamarlos «sinyores». Continuaron celebrando fiestas con toros, vaquillas, embolados, entradas y encapuchados y continuaron celebrando la vida como se celebra en el Ebro, donde el denominador común es el toro, la Jota y el agua.
Ahora, una nueva hornada de «sinyors», «sinyorets» y «sinyoretes», de Barcelona también, han aceptado a trámite una propuesta de ley para prohibir modalidades del espectáculo taurino en Cataluña, sabiendo que no tienen competencias para hacerlo, sabiendo que se regularon en 2010 y se están haciendo las cosas bien en el territorio y sabiendo que esto es un abuso.
Mientras seamos una sociedad donde jurídicamente tenemos derecho a engordar animales en cadena intensiva, en condiciones pésimas para luego matarlos a los mataderos catalanes, no tenemos derecho a juzgar no solo los corrillos sino los espectáculos cruentos. Es inmoral y muy hipócrita.
Por poner un ejemplo hablamos de la cría de porcino, que envenena acuíferos en Lleida y Girona con sus purines para sacrificarlo en lugares como Olot, donde se sacrifican 14.000 cada día para después, exportarlos a Holanda, donde no hay granjas de este tipo para no contaminar sus acuíferos.
La gente del Ebro, ruda y noble, estamos acostumbrados al abuso de los «sinyores», a que nos digan salvajes pero, para mí, salvaje es quien abusa.